# Los empeños de una casa ``` -----------------------> Autora: Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) Primera publicación: 1683 Propiedad intelectual: Dominio público Gemificación: @leoperbo, 2023 #leído #méxico #verso <---------------------- ``` => index.gmi Sobre la autora y todas sus obras gemificadas aquí => gemini://guie.welhaba.mx/etiquetas/mexico.gmi #méxico => gemini://guie.welhaba.mx/etiquetas/teatro.gmi #teatro => gemini://guie.welhaba.mx/etiquetas/leido.gmi #leído => ../index.gmi Volver al índice del Cementerio de libros olvidados => gemini://guie.welhaba.mx Volver al inicio de Guie ## INTERLOCUTORES DON CARLOS DON JUAN DON PEDRO DON RODRIGO DOÑA LEONOR DOÑA ANA CELIA HERNANDO CASTAÑO DOS EMBOZADOS DOS COROS DE MÚSICA ## JORNADA PRIMERA ### CUADRO PRIMERO [En casa de DON PEDRO.] #### ESCENA I (Salen DOÑA ANA y CELIA.) DOÑA ANA Hasta que venga mi hermano, Celia, le hemos de esperar. CELIA Pues eso será velar, porque él juzga que es temprano la una o las dos; y a mi ver, aunque es grande ociosidad viene a decir la verdad, pues viene al amanecer. Mas, ¿por qué ahora te dio DOÑA ANA Has de saber, Celia mía, que aquesta noche ha fïado de mí todo su cuidado: tanto de mi afecto fía. Bien sabes tú que él salió de Madrid dos años ha, y a Toledo, donde está, a una cobranza llegó, pensando luego volver, y así en Madrid me dejó, donde estando sola yo, pudiendo ser vista y ver, me vio Don Juan y le vi, y me solicitó amante, a cuyo pecho constante atenta correspondí; cuando, o por no ser tan llano porque vive aquí una dama de perfecciones tan sumas que dicen que faltan plumas para alabarla a la Fama, de la cual enamorado aunque no correspondido, por conseguirla perdido en Toledo se ha quedado, y porque yo no estuviese sola en la Corte sin él, o porque a su amor crüel de algún alivio le fuese), dispuso el que venga aquí a vivir yo, que al instante di cuenta a Don Juan, que amante vino a Toledo tras mí: fineza a que agradecida toda el alma estar debiera, si ya ¡ay de mí! no estuviera del empeño arrepentida, (porque el amor que es villano en el trato y la bajeza, se ofende de la fineza. Pero, volviendo a mi hermano, sábete que él ha inquirido con obstinada porfía qué motivo haber podía para no ser admitido; y hallando que es otro amor, aunque yo no sé de quién, sintiendo más que el desdén que otro gozase el favor (que como este fiero engaño es envidioso veneno, se siente el provecho ajeno mucho más que el propio daño); sobornando (¡oh vil costumbre que así la razón estraga, que es tan ciego Amor, que paga porque le den pesadumbre!) una crïada que era de quien ella se fïaba, en el estado que estaba su amor, con el fin que espera y con lo demás que pasa, supo de la infiel crïada, que estaba determinada a salirse de su casa esta noche con su amante; de que mi hermano furioso, como a quien está celoso no hay peligro que le espante, con unos hombres trató que fingiéndose Justicia (¡mira qué astuta malicia!) prendan al que la robó, y que al pasar por aquí al galán y dama bella, como en depósito, a ella me la entregasen a mí, y que luego al apartarse, como que acaso ellos van descuidados, al galán den lugar para escaparse, con lo cual claro se arguye que él se valdrá de los pies huyendo, pues piensa que es la Justicia de quien huye; y mi hermano, con la traza que su amor ha discurrido, sin riesgo habrá conseguido traer su dama a su casa, y en ella es bien fácil cosa galantearla abrasado sin que él parezca culpado ni ella pueda estar quejosa, porque si tanto despecho ella llegase a entender, visto es que ha de aborrecer a quien tal daño le ha hecho. Aquesto que te he contado, Celia, tengo que esperar; mira ¿cómo puedo entrar a acostarme sin cuidado? CELIA Señora, nada me admira; que en amor no es novedad que se vista la verdad del color de la mentira, ¿ni quién habrá que se espante si lo que es, llega a entender, temeridad de mujer ni resolución de amante, ni de traidoras crïadas, que eso en todo el mundo pasa, y quizá dentro de casa hay algunas calderadas? Sólo admirado me han, por las acciones que has hecho, los indicios que tu pecho da de olvidar a Don Juan; y no sé por qué el cuidado das en trocar en olvido, cuando ni causa has tenido tú, ni Don Juan te la ha dado. DOÑA ANA Que él no me la da, es verdad; que no la tengo, es mentira. CELIA ¿De qué modo? DOÑA ANA ¿Qué te admira? Es ciega la voluntad. Tras mí, como sabes, vino amante y fino Don Juan, quitándose de galán lo que se añade de fino, sin dejar a qué aspirar a la ley del albedrío, porque si él es ya tan mío ¿qué tengo que desear? Pero no es aquesa sola la causa de mi despego, sino porque ya otro fuego en mi pecho se acrisola. Suelo en esta calle ver pasar a un galán mancebo, que si no es el mismo Febo, yo no sé quién pueda ser. A éste, ¡ay de mí!, Celia mía, no sé si es gusto o capricho, y... Pero ya te lo he dicho, sin saber que lo decía. CELIA ¿Lloras? DOÑA ANA ¿Pues no he de llorar ¡ay infeliz de mí!, cuando conozco que estoy errando y no me puedo enmendar? CELIA (Aparte: Qué buenas nuevas me dan con esto que ahora he oído, para tener yo escondido en su cuarto al tal Don Juan que habiendo notado el modo con que le trata enfadada, quiere hacer la tarquinada y dar al traste con todo.) --¿Y quién, Señora, ha logrado tu amor? DOÑA ANA Sólo decir puedo que es un Don Carlos de Olmedo el galán. Mas han llamado; mira quién es, que después te hablaré, Celia. CELIA ¿Quién llama? EMBOZADO (Dentro.) ¡La Justicia! DOÑA ANA Ésta es la dama; abre, Celia. CELIA Entre quien es. #### ESCENA II (Entran EMBOZADOS, y DOÑA LEONOR.) EMBOZADO Señora, aunque yo no ignoro el decoro de esta casa, pienso que el entrar en ella ha sido más venerarla que ofenderla; y así, os ruego que me tengáis esta dama depositada, hasta tanto que se averigüe la causa por que le dio muerte a un hombre otro que la acompañaba. Y perdonad, que a hacer vuelvo diligencias no excusadas en tal caso. (Vanse.) DOÑA ANA ¿Qué es aquesto? --Celia, a aquesos hombres llama que lleven esta mujer, que no estoy acostumbrada a oír estas liviandades. CELIA (Aparte.) Bien la deshecha mi ama hace de querer tenerla. DOÑA LEONOR Señora (en la boca el alma tengo ¡ay de mí!), si piedad mis tiernas lágrimas causan en tu pecho (hablar no acierto), te suplico arrodillada que ya que no de mi vida, tengas piedad de mi fama, sin permitir, puesto que ya una vez entré en tu casa, que a otra me lleven adonde corra mayores borrascas mi opinión; que a ser mujer como imaginas, liviana, ni a ti te hiciera este ruego, ni yo tuviera estas ansias. DOÑA ANA (Aparte a CELIA.) A lástima me ha movido su belleza y su desgracia. Bien dice mi hermano, Celia. CELIA (Aparte a DOÑA ANA.) Es belleza sobrehumana; y si está así en la tormenta ¿cómo estará en la bonanza? DOÑA ANA Alzad del suelo, Señora, y perdonad si turbada del repentino suceso, poco atenta y cortesana me he mostrado, que ignorar quién sois, pudo dar la causa a la extrañeza; mas ya vuestra persona gallarda informa en vuestro favor, de suerte que toda el alma ofrezco para serviros. DOÑA LEONOR ¡Déjame besar tus plantas, bella deidad, cuyo templo, cuyo culto, cuyas aras, de mi deshecha fortuna son el asilo! DOÑA ANA Levanta, y cuéntame qué sucesos a tal desdicha te arrastran; aunque, si eres tan hermosa, no es mucho ser desdichada. CELIA (Aparte.) De la envidia que le tiene no le arriendo la ganancia. DOÑA LEONOR Señora, aunque la vergüenza me pudiera ser mordaza para callar mis sucesos, la que como yo se halla en tan infeliz estado, no tiene por qué callarlas; antes pienso que me abono en hacer lo que me mandas, pues son tales los indicios que tengo de estar culpada, que por culpables que sean son más decentes sus causas; y así, escúchame. DOÑA ANA El silencio te responda. CELIA ¡Cosa brava! ¿Relación a media noche y con vela? ¡Que no valga! DOÑA LEONOR Si de mis sucesos quieres escuchar los tristes casos con que ostentan mis desdichas lo poderoso y lo vario, escucha, por si consigo que divirtiendo tu agrado, lo que fue trabajo propio sirva de ajeno descanso, o porque en el desahogo hallen mis tristes cuidados a la pena de sentirlos el alivio de contarlos. Yo nací noble; éste fue de mi mal el primer paso, que no es pequeña desdicha nacer noble un desdichado: que aunque la nobleza sea joya de precio tan alto, es alhaja que en un triste sólo sirve de embarazo; porque estando en un sujeto, repugnan como contrarios, entre plebeyas desdichas haber respetos honrados. Decirte que nací hermosa presumo que es excusado, pues lo atestiguan tus ojos y lo prueban mis trabajos. Sólo diré... Aquí quisiera no ser yo quien lo relato, pues en callarlo o decirlo dos inconvenientes hallo: porque si digo que fui celebrada por milagro de discreción, me desmiente la necedad del contarlo; y si lo callo, no informo de mí, y en un mismo caso me desmiento si lo afirmo, y lo ignoras si lo callo. Pero es preciso al informe que de mis sucesos hago (aunque pase la modestia la vergüenza de contarlo), para que entiendas la historia, presuponer asentado que mi discreción la causa fue principal de mi daño. Inclinéme a los estudios desde mis primeros años con tan ardientes desvelos, con tan ansiosos cuidados, que reduje a tiempo breve fatigas de mucho espacio. Conmuté el tiempo, industriosa, a lo intenso del trabajo, de modo que en breve tiempo era el admirable blanco de todas las atenciones, de tal modo, que llegaron a venerar como infuso lo que fue adquirido lauro. Era de mi patria toda el objeto venerado de aquellas adoraciones que forma el común aplauso; y como lo que decía, fuese bueno o fuese malo, ni el rostro lo deslucía ni lo desairaba el garbo, llegó la superstición popular a empeño tanto, que ya adoraban deidad el ídolo que formaron. Voló la Fama parlera, discurrió reinos extraños, y en la distancia segura acreditó informes falsos. La pasión se puso anteojos de tan engañosos grados, que a mis moderadas prendas agrandaban los tamaños. Víctima en mis aras eran, devotamente postrados, los corazones de todos con tan comprensivo lazo, que habiendo sido al principio aquel culto voluntario, llegó después la costumbre, favorecida de tantos, a hacer como obligatorio el festejo cortesano; y si alguno disentía paradojo o avisado, no se atrevía a proferirlo, temiendo que, por extraño, su dictamen no incurriese, siendo de todos contrario, en la nota de grosero o en la censura de vano. Entre estos aplausos yo, con la atención zozobrando entre tanta muchedumbre, sin hallar seguro blanco, no acertaba a amar a alguno, viéndome amada de tantos. Sin temor en los concursos defendía mi recato con peligros del peligro y con el daño del daño. Con una afable modestia igualando el agasajo, quitaba lo general lo sospechoso al agrado. Mis padres, en mi mesura vanamente asegurados, se descuidaron conmigo: ¡qué dictamen tan errado, pues fue quitar por de fuera las guardas y los candados a una fuerza que en sí propia encierra tantos contrarios! Y como tan neciamente conmigo se descuidaron, fue preciso hallarme el riesgo donde me perdió el cuidado. Sucedió, pues, que entre muchos que de mi fama incitados contestar con mi persona intentaban mis aplausos, llegó acaso a verme (¡Ay Cielos! ¿Cómo permitís tiranos que un afecto tan preciso se forjase de un acaso?) Don Carlos de Olmedo, un joven forastero, mas tan claro por su origen, que en cualquiera lugar que llegue a hospedarlo, podrá no ser conocido, pero no ser ignorado. Aquí, que me des te pido licencia para pintarlo, por disculpar mis errores, o divertir mis cuidados; o porque al ver de mi amor los extremos temerarios, no te admire que el que fue tanto, mereciera tanto. Era su rostro un enigma compuesto de dos contrarios que eran valor y hermosura, tan felizmente hermanados, que faltándole a lo hermoso la parte de afeminado, hallaba lo más perfecto en lo que estaba más falto; porque ajando las facciones con un varonil desgarro, no consintió a la hermosura tener imperio asentado: tan remoto a la noticia, tan ajeno del reparo, que aun no le debió lo bello la atención de despreciarlo; que como en un hombre está lo hermoso como sobrado, es bueno para tenerlo y malo para ostentarlo. Era el talle como suyo, que aquel talle y aquel garbo, aunque la Naturaleza a otro dispusiera darlo, sólo le asentara bien al espíritu de Carlos: que fue de su providencia esmero bien acertado, dar un cuerpo tan gentil a espíritu tan gallardo. Gozaba un entendimiento tan sutil, tan elevado, que la edad de lo entendido era un mentís de sus años. Alma de estas perfecciones era el gentil desenfado de un despejo tan airoso, un gusto tan cortesano, un recato tan amable, un tan atractivo agrado, que en el más bajo descuido se hallaba el primor más alto; tan humilde en los afectos, tan tierno en los agasajos, tan fino en las persuasiones, tan apacible en el trato y en todo, en fin, tan perfecto, que ostentaba cortesano despojos de lo rendido, por galas de lo alentado. En los desdenes sufrido, en los favores callado, en los peligros resuelto, y prudente en los acasos. Mira si con estas prendas, con otras más que te callo, quedaría, en la más cuerda, defensa para el recato. En fin, yo le amé; no quiero cansar tu atención contando de mi temerario empeño la historia caso por caso; pues tu discreción no ignora de empeños enamorados, que es su ordinario principio desasosiego y cuidado, su medio, lances y riesgos, su fin, tragedias o agravios. Creció el amor en los dos recíproco y deseando que nuestra feliz unión lograda en tálamo casto confirmase de Himeneo el indisoluble lazo; y porque acaso mi padre, que ya para darme estado andaba entre mis amantes los méritos regulando, atento a otras conveniencias no nos fuese de embarazo, dispusimos esta noche la fuga, y atropellando el cariño de mi padre, y de mi honor el recato, salí a la calle, y apenas daba los primeros pasos entre cobardes recelos de mi desdicha, fïando la una mano a las basquiñas y a mi manto la otra mano, cuando a nosotros resueltos llegaron dos embozados. "¿Qué gente?" dicen, y yo con el aliento turbado, sin reparar lo que hacía (porque suele en tales casos hacer publicar secretos el cuidado de guardarlos), "¡Ay, Carlos, perdidos somos!" dije, y apenas tocaron mis voces a sus oídos cuando los dos arrancando los aceros, dijo el uno: "Matadlo, Don Juan, matadlo; que esa tirana que lleva, es Doña Leonor de Castro, mi prima". Sacó mi amante el acero, y alentado, apenas con una punta llegó al pecho del contrario, cuando diciendo: "¡Ay de mí!" dio en tierra, y viendo el fracaso dio voces el compañero, a cuyo estruendo llegaron algunos; y aunque pudiera la fuga salvar a Carlos, por no dejarme en el riesgo se detuvo temerario, de modo que la Justicia, que acaso andaba rondando, llegó a nosotros, y aunque segunda vez obstinado intentaba defenderse, persuadido de mi llanto rindió la espada a mi ruego, mucho más que a sus contrarios. Prendiéronle, en fin; y a mí, como a ocasión del estrago, viendo que el que queda muerto era Don Diego de Castro, mi primo, en tu noble casa, Señora, depositaron mi persona y mis desdichas, donde en un punto me hallo sin crédito, sin honor, sin consuelo, sin descanso, sin aliento, sin alivio, y finalmente esperando la ejecución de mi muerte en la sentencia de Carlos. DOÑA ANA (Aparte: ¡Cielos! ¿qué es esto que escucho? Al mismo que yo idolatro es al que quiere Leonor... ¡Oh qué presto que ha vengado Amor a Don Juan! ¡Ay triste!) --Señora, vuestros cuidados siento como es justo. --Celia, lleva esta dama a mi cuarto mientras yo a mi hermano espero. CELIA Venid, Señora. DOÑA LEONOR Tus pasos sigo, ¡ay de mí!, pues es fuerza obedecer a los hados. (Vanse CELIA y DOÑA LEONOR.) DOÑA ANA Si de Carlos la gala y bizarría pudo por sí mover a mi cuidado, ¿cómo parecerá, siendo envidiado, lo que sólo por sí bien parecía? Si sin triunfo rendirle pretendía, sabiendo ya que vive enamorado ¿qué victoria será verle apartado de quien antes por suyo le tenía? Pues perdone Don Juan, que aunque yo quiera pagar su amor, que a olvido ya condeno, ¿cómo podré si ya en mi pena fiera introducen los celos su veneno? Que es Carlos más galán; y aunque no fuera, tiene de más galán el ser ajeno. #### ESCENA III (Sale DON CARLOS con la espada desnuda, y CASTAÑO.) DON CARLOS Señora, si en vuestro amparo hallan piedad las desdichas, lograd el triunfo mayor siendo amparo de las mías. Siguiendo viene mis pasos no menos que la Justicia, y como huir de ella es generosa cobardía, al asilo de esos pies mi acosado aliento aspira, aunque si ya perdí el alma, poco me importa la vida. CASTAÑO A mí sí me importa mucho; y así, Señora, os suplica mi miedo, que me escondáis debajo de las basquiñas. DON CARLOS ¡Calla, necio! CASTAÑO ¿Pues será la primer vez, si lo miras, ésta, que los sacristanes a los delincuentes libran? DOÑA ANA (Aparte: Carlos es, ¡válgame el Cielo! La ocasión a la medida del deseo se me viene de obligar con bizarrías su amor, sin hacer ultraje a mi presunción altiva; pues amparándole aquí con generosas caricias, cubriré lo enamorada con visos de compasiva; y sin ajar la altivez que en mi decoro es precisa, podré, sin rendirme yo, obligarle a que se rinda; que aunque sé que ama a Leonor, ¿qué voluntad hay tan fina en los hombres, que si ven que otra ocasión los convida la dejen por la que quieren? Pues alto, Amor, ¿qué vacilas, si de que puede mudarse tengo el ejemplo en mí misma?) --Caballero, las desgracias suelen del valor ser hijas y cebo de las piedades; y así, si las vuestras libran en mí su alivio, cobrad la respiración perdida, y en esta cuadra, que cae a un jardín, entrad aprisa, antes que venga un hermano que tengo, y con la malicia de veros conmigo solo otro riesgo os aperciba. DON CARLOS No quisiera yo, Señora, que el amparo de mi vida a vos os costara un susto. CASTAÑO ¿Ahora en aqueso miras? ¡Cuerpo de quien me parió! DOÑA ANA Nada a mí me desanima. Venid, que aquí hay una pieza que nunca mi hermano pisa, por ser en la que se guardan alhajas que en las visitas de cumplimiento me sirven, como son alfombras, sillas y otras cosas; y además de aqueso, tiene salida a un jardín, por si algo hubiere; y porque nada os aflija, venid y os la mostraré; pero antes será precisa diligencia el que yo cierre la puerta, porque advertida salga en llamando mi hermano. CASTAÑO (Aparte a DON CARLOS.) Señor, ¡qué casa tan rica y qué dama tan bizarra! ¿No hubieras (¡pese a mis tripas, que claro es que ha de pesarles, pues se han de quedar vacías!) enamorado tú a aquésta y no a aquella pobrecita de Leonor, cuyo caudal son cuatro bachillerías? DON CARLOS ¡Vive Dios, villano! DOÑA ANA Vamos. (Aparte.) Amor, pues que tú me brindas con la dicha, no le niegues después el logro a la dicha. (Vanse.) ### CUADRO SEGUNDO [En casa de LEONOR.] #### ESCENA IV (Salen DON RODRIGO y HERNANDO.) DON RODRIGO ¿Qué me dices, Hernando? HERNANDO Lo que pasa: que mi Señora se salió de casa. DON RODRIGO ¿Y con quién, no has sabido? HERNANDO ¿Cómo puedo, si como sabes tú, todo Toledo y cuantos a él llegaban, su belleza e ingenio celebraban? Con lo cual, conocerse no podía cuál festejo era amor, cuál cortesía; en que no sé si tú culpado has sido, pues festejarla tanto has permitido, sin advertir que, aunque era recatada, es fuerte la ocasión y el verse amada, y que es fácil que, amante e importuno, entre los otros le agradase alguno. DON RODRIGO Hernando, no me apures la paciencia que aquéste ya no es tiempo de advertencia. ¡Oh fiera! ¿Quién diría de aquella mesurada hipocresía, de aquel punto y recato que mostraba, que liviandad tan grande se encerraba en su pecho alevoso? ¡Oh mujeres! ¡Oh monstruo venenoso! ¿Quién en vosotras fía, si con igual locura y osadía, con la misma medida se pierde la ignorante y la entendida? Pensaba yo, hija vil, que tu belleza, por la incomodidad de mi pobreza, con tu ingenio sería lo que más alto dote te daría; y ahora, en lo que has hecho, conozco que es más daño que provecho; pues el ser conocida y celebrada y por nuevo milagro festejada, me sirve, hecha la cuenta, sólo de que se sepa más tu afrenta. ¿Pero cómo a la queja se abalanza primero mi valor, que a la venganza? ¿Pero cómo, ¡ay de mí!, si en lo que lloro la afrenta sé y el agresor ignoro? Y así ofendido, sin saber me quedo ni cómo, ni de quién vengarme puedo. HERNANDO Señor, aunque no sé con evidencia quién pudo de Leonor causar la ausencia, por el rumor que había de los muchos festejos que le hacía, tengo por caso llano que la llevó Don Pedro de Arellano. DON RODRIGO Pues si Don Pedro fuera, di ¿qué dificultad hallar pudiera en que yo por mujer se la entregara sin que tan grande afrenta me causara? HERNANDO Señor, como eran tantos los que amaban a Leonor, y su mano deseaban, y a ti te la han pedido, temería no ser el elegido: que todo enamorado es temeroso, y nunca juzga que será el dichoso; y aunque usando tal medio le alabo yo el temor y no el remedio, sin duda por quitar la contingencia se quiso asegurar con el ausencia. Y así, Señor, si tomas mi consejo --tú estás cansado y viejo, Don Pedro es mozo, rico y alentado, y sobre todo, el mal ya está causado--, pórtate con él cuerdo, cual conviene, y ofrécele lo mismo que él se tiene: dile que vuelva a casa a Leonor bella y luego al punto cásale con ella, y él vendrá en ello, pues no habrá quien huya lo que ha de resultar en honra suya; y con lo que te ordeno, vendrás a hacer antídoto el veneno. DON RODRIGO ¡Oh Hernando! ¡Qué tesoro es tan preciado un fiel amigo, o un leal crïado! Buscar a mi ofensor aprisa elijo por convertirle de enemigo en hijo. HERNANDO Sí, Señor, que el remedio es bien se aplique antes que el mal que pasa se publique. (Vanse.) ### CUADRO TERCERO [En casa de DON PEDRO.] #### ESCENA V (Sale DOÑA LEONOR retirándose de DON JUAN.) DON JUAN Espera, hermosa homicida. ¿De quién huyes? ¿Quién te agravia? ¿Qué harás de quien te aborrece si así a quien te adora tratas? Mira que ultrajas huyendo los mismos triunfos que alcanzas, pues siendo el vencido yo tú me vuelves las espaldas, y que haces que se ejerciten dos acciones encontradas: tú, huyendo de quien te quiere; yo, siguiendo a quien me mata. DOÑA LEONOR Caballero, o lo que sois: si apenas en esta casa, que aun su dueño ignoro, acabo de poner la infeliz planta, ¿cómo queréis que yo pueda escuchar vuestras palabras, si de ellas entiendo sólo el asombro que me causan? Y así, si como sospecho me juzgáis otra, os engaña vuestra pasión. Deteneos y conoced, más cobrada la atención, que no soy yo la que vos buscáis. DON JUAN ¡Ah ingrata! Sólo eso falta, que finjas, para no escuchar mis ansias, como que mi amor tuviera condición tan poco hidalga que en escuchar mis lamentos tu decoro peligrara. Pues bien para asegurarte, las experiencias pasadas bastaban, de nuestro amor, en que viste veces tantas que las olas de mi amor cuando más crespas llegaban a querer con los deseos de amor anegar la playa, era margen tu respeto al mar de mis esperanzas. DOÑA LEONOR Ya he dicho que no soy yo, caballero, y esto basta; idos, o yo llamaré a quien oyendo esas ansias las premie por verdaderas o las castigue por falsa. DON JUAN Escucha. DOÑA LEONOR No tengo qué. DON JUAN ¡Pues vive el Cielo, tirana, que forzada me has de oír si no quieres voluntaria, y ha de escucharme grosero quien de lo atento se cansa! (Cógela de un brazo.) DOÑA LEONOR ¿Qué es esto? ¡Cielos, valedme! DON JUAN En vano a los Cielos llamas, que mal puede hallar piedad quien siempre piedad le falta. DOÑA LEONOR ¡Ay de mí! ¿No hay quién socorra mi inocencia? #### ESCENA VI (Salen DON CARLOS y DOÑA ANA deteniéndolo.) DOÑA ANA Tente, aguarda, que yo veré lo que ha sido, sin que tú al peligro salgas si es que mi hermano ha venido. DON CARLOS Señora, esta voz el alma me ha atravesado; perdona. DOÑA ANA (Aparte: La puerta tengo cerrada; y así, de no ser mi hermano segura estoy; mas me causa inquietud el que no sea que Carlos halle a su dama; pero si ella está en mi cuarto y Celia fue a acompañarla, ¿qué ruido puede ser éste? Y a oscuras toda la cuadra está.) --¿Quién va? DON CARLOS Yo, Señora; ¿qué me preguntas? DON JUAN Doña Ana, mi bien, Señora, ¿por qué con tanto rigor me tratas? ¿Éstas eran las promesas, éstas eran las palabras que me distes en Madrid para alentar mi esperanza? Si obediente a tus preceptos, de tus rayos salamandra, girasol de tu semblante, Clicie de tus luces claras, dejé, sólo por servirte, el regalo de mi casa, el respeto de mi padre y el cariño de mi patria; si tú, si no de amorosa, de atenta y de cortesana, diste con tácito agrado a entender lo que bastaba para que supiese yo DOÑA ANA (Aparte.) ¿Qué es esto que escucho, Cielos? ¿No es éste Don Juan de Vargas, que mi ingratitud condena y sus finezas ensalza? ¿Pues quién aquí le ha traído? DON CARLOS Señora, escucha. (Llega DON CARLOS a DOÑA LEONOR.) DOÑA LEONOR Hombre, aparta; ya te he dicho que me dejes. DON CARLOS Escucha, hermosa Doña Ana, mira que Don Carlos soy, a quien tu piedad ampara. DOÑA LEONOR (Aparte.) ¿Qué es esto que escucho, Cielos? ¿No es éste Don Juan de Vargas, que mi ingratitud condena y sus finezas ensalza? ¿Pues quién aquí le ha traído? DON CARLOS Señora, escucha. (Llega DON CARLOS a DOÑA LEONOR.) DOÑA LEONOR Hombre, aparta; ya te he dicho que me dejes. DON CARLOS Si acaso estáis enojada porque hasta aquí os he seguido, perdonad, pues fue la causa solamente el evitar si algún daño os amenaza. DOÑA LEONOR (Aparte.) ¡Válgame Dios, lo que a Carlos parece! DON JUAN ¿Qué, en fin, ingrata, con tal rigor me desprecias? #### ESCENA VII (Sale CELIA con luz.) CELIA (Aparte.) A ver si está aquí mi ama, para sacar a Don Juan que oculto dejé en su cuadra, vengo; mas ¿qué es lo que veo? DOÑA LEONOR (Aparte.) ¿Qué es esto? ¡El Cielo me valga! ¿Carlos no es éste que miro? DON CARLOS (Aparte.) ¡Ésta es Leonor, o me engaña la aprensión! DOÑA ANA (Aparte.) ¿Don Juan aquí? Aliento y vida me faltan. DON JUAN (Aparte.) ¿Aquí Don Carlos de Olmedo? Sin duda que de Doña Ana es amante, y que por él aleve, inconstante y falsa me trata a mí con desdén. DOÑA LEONOR (Aparte.) ¡Cielos! ¿En aquesta casa Carlos, cuando amante yo en la prisión le lloraba? ¿En una cuadra escondido, y a mí, pensando que hablaba con otra, decirme amores? Sin duda que de esta dama es amante. Pero ¿cómo? ¿Si es ilusión lo que pasa por mí? ¡Si a él llevaron preso y quedé depositada yo! Toda soy un abismo de penas. DON JUAN ¡Fácil, liviana! ¿Éstos eran los desdenes: tener dentro de tu casa oculto un hombre? ¡Ay de mí! ¿Por esto me desdeñabas? ¡Pues, vive el Cielo, traidora, que pues no puede mi saña vengar en ti mi desprecio, porque aquella ley tirana del respeto a las mujeres, de mis rigores te salva, me he de vengar en tu amante! DOÑA ANA ¡Detente, Don Juan, aguarda! DON CARLOS (Aparte.) Son tantas las confusiones en que mi pecho batalla, que en su varia confusión el discurso se embaraza, y por discurrirlo todo acierto a discurrir nada. ¡Aquí Leonor, Cielos! ¿Cómo? DOÑA ANA ¡Detente! DON JUAN ¡Aparta, tirana, que a tu amante he de dar muerte! CELIA Señora, mi Señor llama. DOÑA ANA ¿Qué dices, Celia? ¡Ay de mí! --Caballeros, si mi fama os mueve, débaos ahora el ver que no soy culpada aquí en la entrada de alguno, a esconderos, que palabra os doy de daros lugar de que averigüéis mañana la causa de vuestras dudas; pues si aquí mi hermano os halla, mi vida y mi honor peligran. DON CARLOS En mí bien asegurada está la obediencia, puesto que debo estar a tus plantas como a amparo de mi vida. DON JUAN Y en mí, que no quiero, ingrata, aunque ofendido me tienes, cuando eres tú quien lo manda, que a otro, porque te obedece, le quedes más obligada. DOÑA ANA Yo os estimo la atención. --Celia, tú en distintas cuadras oculta a los dos, supuesto que no es posible que salga hasta la mañana, alguno. CELIA Ya poco término falta. --Don Juan, conmigo venid. --Tú, Señora, a esa fantasma éntrala donde quisieres. (Vanse CELIA y DON JUAN.) DOÑA ANA Caballero, en esa cuadra os entrad. DON CARLOS Ya te obedezco. ¡Oh, quiera el Cielo que salga de tan grande confusión! (Vase.) DOÑA ANA Leonor, también retirada puedes estar. DOÑA LEONOR Yo, Señora, aunque no me lo mandaras me ocultara mi vergüenza. (Vase.) DOÑA ANA ¿Quién vio confusiones tantas como en el breve discurso de tan pocas horas pasan? ¡Apenas estoy en mí! (Sale CELIA.) CELIA Señora, ya en mi posada está. ¿Qué quieres ahora? DOÑA ANA A abrir a mi hermano baja, que es lo que ahora importa, Celia. CELIA (Aparte.) Ella está tan asustada que se olvida de saber cómo entró Don Juan en casa; mas ya pasado el aprieto, no faltará una patraña que decir, y echar la culpa a alguna de las crïadas, que es cierto que donde hay muchas se peca de confïanza, pues unas a otras se culpan y unas por otras se salvan. (Vase.) DOÑA ANA ¡Cielos, en qué empeño estoy: de Carlos enamorada, perseguida de Don Juan, con mi enemiga en mi casa, con crïadas que me venden, y mi hermano que me guarda! Pero él llega; disimulo. #### ESCENA VIII (Sale DON PEDRO.) DON PEDRO Señora, querida hermana, ¡qué bien tu amor se conoce, y qué bien mi afecto pagas, pues te halló despierta el Sol, y te ve vestida el Alba! ¿Dónde tienes a Leonor? DOÑA ANA En mi cuadra, retirada mandé que estuviese, en tanto, hermano, que tú llegabas. Mas ¿cómo tan tarde vienes? DON PEDRO Porque al salir de su casa la conoció un deudo suyo, a quien con una estocada dejó Carlos casi muerto; y yo viendo alborotada la calle, aunque no sabían quién era y quién la llevaba, para que aquel alboroto no declarara la causa, hice que, de los crïados, dos al herido cargaran, como de piedad movido, hasta llevarle a su casa, mientras otros a Leonor, y a Carlos preso, llevaban para entregártela a ti; y hasta dejar sosegada la calle, venir no quise. DOÑA ANA Fue atención muy bien lograda, pues excusaste mil riesgos sólo con esa tardanza. DON PEDRO Eres en todo discreta; y pues Leonor sosegada está, si a ti te parece, no será bien inquietarla, que para que oiga mis penas, teniéndola yo en mi casa, sobrado tiempo me queda; que no es amante el que trata primero de sus alivios que no del bien de su dama; y también para que tú te recojas, que ya basta por aliviar mis desvelos, la mala vida que pasas. DOÑA ANA Hermano, yo por servirte muchos más riesgos pasara, pues somos los dos tan uno y tan como propias trata tus penas el alma, que imagino al contemplarlas que tu desvelo y el mío nacen de una misma causa. DON PEDRO De tu fineza lo creo. DOÑA ANA (Aparte.) Si entendieras mis palabras... DON PEDRO Vámonos a recoger, si es que quien ama descansa. DOÑA ANA (Aparte.) Voy a sosegarme un poco, si es que sosiega quien ama. DON PEDRO Amor, si industrias alientas, anima mis esperanzas. DOÑA ANA (Aparte.) Amor, si tú eres cautelas, a mis cautelas ampara. (Vanse.) ```ASCII art con fuente ANSI Shadow, muestra el texto: Fin. ███████╗██╗███╗ ██╗ ██╔════╝██║████╗ ██║ █████╗ ██║██╔██╗ ██║ ██╔══╝ ██║██║╚██╗██║ ██║ ██║██║ ╚████║ ╚═╝ ╚═╝╚═╝ ╚═══╝ ``` ---------------------- (ɂ◔◡◔)ɂ ♥ Edición y maquetación en gemtext con licencia CC-BY-SA ♥ => gemini://guie.welhaba.mx/leoperbo/YoSoyLeoperbo.gmi 📇 por @leoperbo ----------------------------------------------- ## ✒️ ¿Quieres agregar un comentario sobre esto en el Libro de visitas? En la barra de dirección del navegador, agrega al final de la URL: ``` /comentar/[Tu mensaje.][ Tu nombre o seudónimo.] ``` Por ejemplo: ``` gemini://guie.welhaba.mx/cementerio/sorjuana/LosEmpeñosDeUnaCasa.gmi/comentar/¡Gran libro!. RatónDeBiblioteca. ``` Pulsa ENTER, verás un mensaje de error (ES NORMAL, así funciona), espera cerca de un minuto y: => gemini://guie.welhaba.mx/LibroVisitas.gmi 📖 Consulta el Libro de visitas => gemini://guie.welhaba.mx/NotaLibro.gmi ⛑️ Nota en caso de que no veas tu comentario # ◀───────── => ../index.gmi Volver al índice del Cementerio de libros olvidados => gemini://guie.welhaba.mx 📕 Volver al inicio de Guie